Al mes de llegar a Paris, viajamos con Gastón, nuestro hijo de 10 años, a la Côte d’Azur a la casa de unos amigos. Al día siguiente fuimos a la playa y yo lo veía preocupado. No se me despegaba de al lado y no se acercaba a ningún chico para jugar. Angustiada por verlo aislado, me esforcé toda la tarde por integrarlo, le sacaba los juguetes, invitábamos a otros chicos a hacer picnic con nosotros. Pero seguía igual.
A la noche llegamos a la casa y se me ocurrió preguntarle qué le había pasado. Sin duda estaba convencida que me hablaría de lo mal que se sentía por estar solo. Pero cuál fue mi sorpresa cuando me contó que, en realidad, había estado enojado todo el día y no había querido separarse de mí porque veía que muchas mujeres hacían topless y tenía mucho miedo que yo hiciera lo mismo.
Una de las cosas que toda familia expatriada deberá enfrentar es el cambio de cultura. La cultura es ese conjunto de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo, a una clase social, a una época, etc.
Hasta el momento de partir, el futuro expatriado se mueve en una zona de confort donde todos sus comportamientos, relacionados con su integración al medio donde vive, se han ido incorporando de a poco, por prueba y error y siempre con el objetivo de ser aceptado en el medio donde se vive sin perder su propia identidad. Esto se va logrando entre dos fuerzas que podemos distinguir en las personas, que son: la estabilidad y el deseo de cambio. Estas dos tendencias se encuentran constantemente en diálogo interno para ir logrando la adaptación. Si bien esta actitud está presente en todas las crisis de crecimiento que atravesamos como seres humanos, en un proceso de desarraigo se ponen, aún más, en movimiento.
La sensación de no pertenencia empieza a habitar a las personas desde un primer momento y, sumado al estrés que significa el traslado e instalación, debe agregarse todo este cambio de hábitos y costumbres que todo expatriado deberá aprender.
Si bien, en una preparación previa muchos de estos códigos pueden ir aprendiéndose, es en el diario vivir donde más se irá incorporando el modo en que se comportan las personas en el país que llegamos. Algunos modus vivendum son evidentes. Por ejemplo en Francia cuando uno conoce a una persona siempre debe tratarla de usted y saludarla con la mano. Nunca un beso. En EE.UU, normalmente la gente se saluda levantando una mano o con gestos de bienvenida, como es llevarle una torta a nuestro nuevo vecino. Para los americanos la ley se respeta a raja tabla mientras en otros países, como México o Latinoamérica los límites se negocian. Pero otros hábitos son más sutiles y difíciles de aprender y en ese camino de ir conociéndolos se puede llegar a sentir muy desamparado.
Me costó entender que para un francés cruzarse por la escalera con algún vecino no suponía tener que saludar, o siquiera mirar a la cara y sonreír. Nuestra mirada, al principio se vuelve crítica y los juicios sobre los comportamientos del otro, a veces, se vuelven implacables y, en vez de ayudarnos, nos apartan.
Es importante saber entonces, que parte del camino que recorreremos estará desdibujado, oscuro y a veces difícil. Es ahí donde nuestros sentidos deben abrirse a un descubrimiento amplio y profundo con el fin de poder ir logrando, de a poco, este equilibrio que hemos perdido. Este movimiento nos irá ayudando a crecer y madurar en nuestra manera de mirar al mundo, la que dejará de ser de una sola forma, sino que abarcará un abanico de múltiples maneras, todas válidas y comprensibles, si aprendemos a ponernos en el lugar del otro.
Una cultura se va formando después de años, siglos quizás, abarcando una historia particular que es importante ir conociendo, comprendiendo y asimilando. El shock cultural al que cualquier expatriado se debe enfrentar es una reacción emocional frente a las dificultades que deberá experimentar cuando alguien se aparta de esos códigos familiares en los que se mueve normalmente y con los que se expresa y se sabe entendido.
Durante este proceso pueden surgir comportamientos inusuales en las personas, como pueden ser malos humores, aislamientos, síntomas físicos, enfermedades, sentimientos patrióticos, problemas en el trabajo. Si la que parte es una familia, se deberá aprender además, que todo esto no aparecerá en cada miembro al mismo tiempo, sino en distintos momentos y con diferente intensidad. Es un trabajo extra entonces, el convertirse en un malabarista emocional. Es en este momento, donde la búsqueda de recursos que proporcionen equilibrio a las personas es fundamental encontrar. Lejos de postergar momentos de placer, es acá donde cada miembro de la familia necesitará compensar sus pérdidas con simples placeres que lo hagan sentir seguro.
