Muchas expatriadas que acompaño sienten que un espacio personal, que habían logrado desarrollar hasta el momento, se desdibuja al enfrentar una expatriación. Una ausencia de visa de trabajo, o falta de validación de título universitario, o limitación en el idioma etc., pueden dejar fuera de un circuito laboral a la mujer que acompaña la carrera profesional internacional de su marido o pareja. Y muchas de ellas se encuentran en un rol de ama de casa y madre de familia, que hoy no tiene muy buen marketing. Y ahí viene la frustración, el enojo, la queja y tantas cosas que pueden surgir como consecuencia de haber elegido este estilo de vida en el exterior.
Y yo les pregunto: ¿qué has elegido en este proyecto? ¿qué sentís que aportas vos a esta experiencia? ¿Hay algo que te hace sentir que esto no sería posible sin vos?
Es que hemos pasado a ser el backstage, como a mí me gusta llamarlo, de esta nueva vida. Vida que tiene un modelo “antiguo”, porque no decirlo así. La mujer queda en la casa al cuidado de tantas y tantas cosas. Se hace experta en trámites, se convierte en casi médica, administradora del hogar, soporte familiar, maestra de mil idiomas, guía turística de mil visitas, malabarista en emociones etc. etc. Viajes de trabajo, adaptaciones a nuevas culturas empresariales, reuniones internacionales etc. hacen que el marido, padre y responsable de esta mudanza internacional, quede un poco ausente de la vida cotidiana en casa. Y la mujer sea la que da apoyo a este hogar itinerante.
A veces me pregunto cómo hubiera sido nuestra vida en el exterior si esto no hubiera pasado. No me lo imagino de otra forma porque la realidad fue que me convertí en el sostén de muchas cosas. Pero también es cierto que este rol de directora de orquesta me hizo poner los ojos fuera de mí y el tener todo bajo control empezó a tener un alto costo.
Ese espacio personal, donde yo sentía que me desarrollaba más allá de la maternidad, donde le daba lugar a mis necesidades más profundas, donde me conectaba con talentos que deseaba poner al servicio de otros, había quedado relegado. Todos disfrutaban de este orden organizacional familiar , que yo había elegido desarrollar en Paris, pero yo sentía que había algo dentro de mí que había sido callado. Ahondar en eso, sentir y llorar la perdida, escuchar mi enojo y buscar ponerme un límite para no sentirme desbordada, fue quizás el puntapié para entrar en dialogo conmigo misma, escuchando todo lo que me pasaba. Yo quería colaborar en este proyecto familiar dando apoyo a la carrera de mi marido, quien nunca dudé iba a llegar lejos. Verlo progresar, realizarse, enfrentar desafíos y obtener montón de positivos resultados me llenaba de orgullo.
Me di cuenta que esa energía masculina, que todas tenemos, que se relaciona con el construir, yo la ponía en él y gracias a eso ese camino se iba dibujando con éxito. El día que lo comprendí, me sentí fuerte, segura y realizada. Y como por arte de magia empezó a surgir en mi, la idea de tener mi emprendimiento ajustado a las circunstancias. Así nacieron mis talleres de expatriados, un lugar de reflexión y crecimiento personal que pude brindar a tantas mujeres que, una vez por semana, pasaban por casa a nutrirse de experiencias ajenas para reinventarse en el exterior. No era un trabajo full time, ni tampoco una fuente de fuertes ingresos económicos, pero nunca me importó eso. Ese tiempo era para mí el suficiente para sentir que me había escuchado. Y esas dos partes mías, de mamá y esposa expatriada y de profesional aprendieron a danzar en simultáneo. Ya no escuchaba otras voces, que hasta ese momento me ponían en la duda de mis elecciones, porque sentía, certeramente, que ese era mi particular camino, el que yo había elegido para transitar esta vida juntos.
