“Todo lo que sentimos, produce una sustancia química que circula por el cuerpo. Ella es captada por los receptores de cada célula y provoca un cambio en ella. El cuerpo reacciona a la emoción con una gama de cambios físicos: desde aumento de la frecuencia cardíaca y respiración entrecortada hasta debilidad en las piernas, labios temblorosos o piel erizada. Una vez que el cuerpo ha reaccionado, el cerebro asimila los cambios y los traduce al lenguaje de las emociones: es entonces cuando sentimos. Tras ello podemos racionalizar lo que sucede y tomar una decisión meditada. Como vemos, una de las funciones principales de las emociones es expresar como el inconsciente procesa una serie de estímulos externos y los refleja en la biología…Ciertas respuestas que tenemos se dan porque en el curso de nuestra evolución nos ha sido útil que los demás supieran cuándo percibíamos peligro, de la misma forma que también nos ha sido útil estar preparados para salir corriendo cuando estábamos atemorizados. Las emociones no pueden considerarse ni buenas ni malas, ya que todas son biológicamente indispensables para reaccionar de forma adaptativa ante los estímulos del entorno. Estas respuestas emocionales vienen grabadas en la genética, son una herencia de la evolución y se refuerzan con los aprendizajes. Los seres humanos tenemos en común una serie de emociones básicas, pero la manera de gestionarlas es totalmente personal y única. Cada individuo posee su propia representación interna del mundo en el que vive, formada por sus creencias, valores, opiniones y pensamientos”. (Enric Corbera, Bioneuroemoción, Un método para el bienestar emocional)
“Las emociones nos ayudan en el proceso de cambio de percepción. Si los recuerdos de las experiencias más importantes van unidos a una emoción concreta, es obvio que no se pueden cambiar sin cambiar dicha emoción. Para reinterpretar una situación es imprescindible que la persona se reencuentre con las emociones implicadas en los sucesos vividos en el pasado y aprenda a gestionarlas de otra manera. Esto permite trascender y cambiar el recuerdo de esas experiencias a partir de ese momento y de esta forma dejar de proyectarlas en el futuro. Los recuerdos que almacenamos con respecto a algo que nos ocurrió en el pasado repercuten en el presente y por ende en lo que anticipamos como futuro.