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PEHUAJÓ: MANUELITA, PARIS Y MIS TALLERES SOBRE EL DESARRAIGO

21 marzo, 2019Maria BerardiSin categoría1 comentario
¿Qué habrá querido contar Maria Elena Walsh cuando escribió la conocida canción de Manuelita? ¿Habrá sido solo un cuento que un día le vino a su mente? ¿Un relato simple de una tortuguita que fue a París a embellecerse para enamorar a su tortugo? ¿O quizás sus estrofas encierran algo más que nunca podremos saber? Dicen que uno se convierte en un buen escritor cuando su obra logra tocar el corazón de quien lo lee, y así trasciende su muerte para siempre.

La cosa es que, al leerla y escucharla, siempre sentí algo especial por esta canción. Una gran ternura se me despierta con sus primeros acordes imaginando a Manuelita con su traje de malaquita, partiendo a París, para ser planchada al derecho y del revés. Y algo así nos sucede a los que nos vamos a vivir a otro lugar y atravesamos el proceso de desarraigo necesario para finalmente sentir que nos hemos adaptado a nuestro nuevo destino.

Pareciera que, al partir, nos vamos en busca de algo, algo que no sabemos bien qué es. El destino nos pone a prueba con una oferta de trabajo, una decisión de cambio de vida compartida o simplemente la elección de acompañar el proyecto laboral de alguien a quien queremos. Un desafío importante, que quizás al partir desconocemos. El entusiasmo nos inunda mientras se pelea con el miedo, la tristeza y por qué no con el impertinente enojo.

¿Cómo lidiar con todo esto cuando es tan necesario estar equilibrado para tomar decisiones y emprender tantas tareas en poco tiempo? El caos se sienta en nuestra mesa y por momentos creemos que vamos a explotar.

Pero a la vez algo se despierta en nuestro interior diciéndonos que por ahí es nuestro camino. El mismo sentimiento que, quizás, tuvo Manuelita cuando, con su paso tan audaz, decide lanzarse al mar. Su ilusión era embellecerse.

A mí me pasó lo mismo. Y hoy, es ahí en Pehuajó, cuando la vida me pone frente a ella, en esa emblemática escultura de la tortuga, que nos da la bienvenida en la ruta. Me saco una foto dándole la mano, del lado donde una carterita muy florida pareciera llevar solo su carnet de identidad.

Y me pregunto: ¿Lo necesitará para algo? ¿O será necesario, en ese tiempo de planchado al derecho y del revés, armarse otra nueva identidad?

¿Seguirá siendo la misma Manuelita después de ser adornada con su peluquita y su perfume en los pies? Parece, según dice la canción, que al cruzar el mar se volvió a arrugar y volvió a Pehuajó a buscar a su tortugo tan vieja como se marchó.

Y me pregunto: ¿Es así como se vuelve? ¿O Maria Elena Walsh quiso decirnos que volvemos con la misma apariencia, aunque por dentro nos planchamos, nos perfumamos y nos decoramos?

Mi primer taller sobre desarraigo, ha sido, casualmente en Pehuajó. Fue a esa ciudad donde fui invitada a facilitar este encuentro de tanta gente, que un día eligió mudarse a vivir ahí. Personas que se enfrentan a nuevas realidades, costumbres, vivencias. Que dejan de ser la hija de…, el amigo de …… o el vecino de…. para empezar a ser ellas mismas. Por momentos se sentirá que no es de aquí ni de allá. Y quizás de eso se trate.

De a ratos, percibirá embeleso con la nueva vida, porque por algo la eligió. Se deslumbrará con el cambio, con este alejamiento de sus seguridades para obtener nuevas libertades. Pero a la vez, se desgarrará en lágrimas cuando su corazón sea visitado por la nostalgia.

Es cuando pienso en eso, que me saco la foto con Manuelita, y ahí comprendo que no es casual que me hayan invitado a Pehuajó a hablar de desarraigo, abriendo espacios íntimos para compartir iguales o similares experiencias con tanta gente.

Yo también me fui a París, con mi caparazón de malaquita, esa que me protegía de tantas cosas, que me daba seguridad, pero que quizás también lentificaba la aparición de partes mías que aún desconocía. Fue en París cuando me planché al derecho y al revés, me saqué las arrugas y me perfumé los pies. Fue ahí donde me descubrí, donde me procesé, donde me animé a embellecerme con mi mejor versión. O por lo menos así lo siento.

También volví y demoré en cruzar el mar tanto como Manuelita. Porque mi cuerpo llegó en 14 horas cargada con mis cosas, pero mi alma demoró mucho más tiempo. Es hoy después de siete años de haber puesto nuevamente el pie en Argentina que me animo a hablar de todo lo que este proceso fue para mí.

No sé si volvemos arrugados. Yo creo que no. O quizás sí porque esas arrugas delatan el tiempo, los vientos, los caminos sinuosos, las noches oscuras y porque no las estrelladas que nos ayudaron a integrar nuestra historia, a comprender lo que en casa se volvía tan normal, a mirar otras realidades tan ricas o tan pobres como las nuestras, pero que al poder visualizarlas a la distancia nos hacen valorar lo que antes estaba en transparencia.

Ya no volvemos los mismos, aunque los demás nos sigan viendo igual. Regresamos planchados, aunque el traje de malaquita parezca que nos vuelve a proteger. Quizás ese caparazón, que ya es parte nuestra, resguarde eso tan preciado que demoró en formarse pero que ahora, parado en dos patas con su paragüitas en la mano como Manuelita, se muestra orgulloso en la puerta de su pueblo, dando la bienvenida con esta nueva manera de vivir.

 

Maria Berardi
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1 comentario. Dejar nuevo

Martina
8 abril, 2020 6:57 pm

Que mar cruso manuelita

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